Tengo sangre en las manos,
metástasis maldita en mi cerebro fatuo,
podredumbre en mi alma dormida
y sombras en mi propio caos,
y sin embargo miro al cielo
y veo nubes de colores,
y el reflejo de tu rostro
que me trae tu sonrisa
dulce y maldita,
para recordarme
que estoy aquí, conmigo mismo,
con mis contradicciones,
con la ausencia de tu sonrisa.
Veo fantasmas que me acechan,
me pudro por dentro,
y la podredumbre me alimenta,
me surte de suertes dispares,
me retrotrae a tiempos futuros,
con recuerdos pasados,
con presentes inciertos,
de sentimientos ensangrentados,
de gotas de lluvia gélidas,
de galopadas siniestras
y de acciones oscuras,
cumpleaños felices,
regalos marchitos.
Voy caminando por el fango,
huele a podrido,
resbalo y me explota la cabeza,
pero no me descompongo,
porque miro al cielo
y veo tu halo de tristeza,
tu sonrisa velada e incierta,
tus andares despistados,
pero también mis penas,
penas olvidadas,
penas recordadas,
más de lo debido,
en lugares prohibidos.
Visito salas de angustia,
¡me ahogo, grito!
Nadie me escucha,
nadie me da su auxilio,
recovecos de tristeza,
de pereza,
de insidia,
de torpeza,
¡alejaos de mí, pensamientos lóbregos!
Visitadme, buitres bastardos,
¡seguid! Seguid carcomiéndome la mente,
hasta que sólo queden migajas,
yo miraré al cielo.
Miro al cielo,
y veo el horizonte violáceo,
veo al sol esconderse tras la duna,
y resurgen los cuervos,
cuervos de la miseria,
del egoísmo sin pudor,
buitres de la inmundicia,
la caricia de la muerte,
la tentación suicida,
el escalofriante grito de mi mente,
pero miro al cielo,
y veo tu sonrisa,
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