Poemario NO TARDES EN VOLVER A LA CRISTALERA DEL TIEMPO, de Virtudes Reza. EDITORIAL LEDORIA

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El círculo alquímico, de Paco Gómez Escribano. Editorial Ledoria. I.S.B.N.: 978-84-95690-73-9. A la venta en enero.
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jueves, 4 de febrero de 2010

Premio de Poesía, de Paco Gómez

Una noche, al venir de trabajar, aparqué en el barrio y me dirigí hacia el portal. Enseguida algo llamó mi atención: cinco o seis mujeres rumanas de etnia gitana junto con una cuadrilla de niños pequeños permanecían apostadas en la fachada del Lidl charlando animosamente. Me paré en el portal y encendí un cigarrillo contemplando la imagen. De repente, un empleado sacó las cubos de basura. E, instantáneamente, esas mujeres y esos niños volcaron los cubos en la acera y empezaron a llenar sus carros de la compra. Pan de molde, yogures, leche, conejo, pollo, todo caducado. Pero me llamó la atención la alegría de esos niños y esas mujeres, danzando alrededor de toda esa comida en mal estado, formando una algarabía fuera de lo común. Cuando terminaron, se marcharon con los carros llenos y con una felicidad que se adivinaba al contemplar las sonrisas que llevaban dibujadas en sus rostros.

Al llegar a casa, escribí un artículo que podéis leer aquí. Y al día siguiente, aún impresionado por lo que había visto, escribí un poema. Los hechos daban para un relato corto e incluso para una novela. Como tenía las bases de un certamen de Poesía Social, envié el poema para el concurso. Y hace unos días me comunican que he ganado el segundo premio, lo que me ha hecho especial ilusión, ya que tenía galardones en Novela Corta y Relato Corto, pero es el primer premio en Poesía, un género, que me parece Literatura en estado puro.

Os dejo aquí el poema premiado en el II Certamen de Poesía Social Julia Guerra, organizado por el Ateneo Republicano de Algeciras. Espero que os guste.

La fiesta de las sobras

La gente ya se retira,

ha oscurecido hace tiempo,

el frío se filtra hasta los huesos,

y anuncia el invierno.

A ellos no les importa,

ya no sienten el frío ni las horas,

ellas charlan y se ríen

mientras los niños

juegan, ríen y lloran.

Les miro, extrañado,

no sé lo que buscan,

ni lo que esperan,

fumo un cigarro observando,

calibrando sus esperanzas.

Hablan con alegría,

perdieron su tristeza

en alguna acera olvidada,

en un tiempo impreciso.

No entiendo nada,

hablan otra lengua,

pero no hace falta,

su felicidad casi contagia.

Están de pie,

se apoyan en la fachada,

blanca como la nieve,

pura como sus almas.

Nadie repara en ellos,

ni ellos se fijan en nada,

son mujeres maduras,

con sus niños, muchos niños,

y sus cabezas tapadas

con pañuelos de amargura.

Sigo observando,

¿qué esperan?

no deduzco nada,

hablan con palabras extranjeras,

palabras para mí extrañas,

los niños corretean,

por la acera y por la calzada.

La curiosidad me invade,

enciendo otro cigarrillo,

y miro a la gente

que se retira a sus casas,

encogidos por el frío,

pero ellos no se encogen,

esperan y hablan y ríen,

y no comprendo nada.

¿Es que ellos no tienen frío?

¿Es que no tienen casa?

¿Dónde están sus maridos?

¿Qué esperan tan felices con tanta calma?

El frío arrecia,

la noche avanza,

se me hace pesada la espera,

a pesar de mi abrigo,

a pesar de mi vida,

que apenas abriga esperanzas,

ellos llevan blusas,

y ni siquiera tiemblan,

sonríen, charlan,

y ellos sí,

están llenos de esperanza,

no me hago idea de lo que esperan,

con tanta placidez en sus caras.

Ya no hay gente en la calle,

sólo los que esperan,

y el que observa,

cada vez más cansado,

con más frío,

pero con la curiosidad intacta,

del que ve la alegría

de unos rostros,

y en el suyo indiferencia,

y desesperanza,

aunque posea un abrigo

y aunque tenga una casa.

De repente hay movimiento,

cesan las risas,

cesa la charla,

y todos se arremolinan

alrededor de un hombre,

con ropas del que trabaja,

que empuja un cubo mugriento

y que lo deja en la calzada.

Las mujeres abren la tapa,

y vuelcan el contenido

en las baldosas calladas,

sobre las que los niños corren

gritando en triunfal algarada.

Sus madres meten en bolsas

la comida caducada,

vacío el supermercado,

y las bolsas que rebosan,

conejo que ya no vale,

pan de molde de tostadas,

comida que no se paga,

pero que irán igualmente,

a las bocas de esos niños

de familias desamparadas.

Apago mi cigarrillo

y regreso con el frío incrustado en mi espalda,

a la cocina de mi casa.

Mientras preparo la cena

con comida ésta sí, pagada,

me propongo dibujar,

aunque sea en mueca calma,

una sonrisa en mi cara.

Y con la nevera llena

y cuatro paredes por casa,

me obligo a albergar

una brizna de esperanza.

1 comentario:

Sílice dijo...

Un poema que "llega"...
Es demasiado extenso para que pueda leerlo por la radio, pero ¿por qué no me envías alguno más corto? Me encantaría leer alguno tuyo.
Ya alguna vez has entrado en mi blog, aunque no has dejado comentario. Pásate si quieres y tendrás más datos sobre el programa de radio en el que colaboro y sobre los poemas que puedes mandar a: info@hijosdelaluna.com/
Por cierto, ¿eres pariente de Guillermo Escribano?
Un abrazo.

Inma