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martes, 23 de marzo de 2010

El cuerpo del delito, de Paco Gómez

El inspector Antonio Parras, de homicidios, entró en el edificio en ruinas que había sido el matadero dando una patada a los tablones que había en el hueco de una de las puertas de entrada. Casi se cae por el impulso de la patada, un esfuerzo muy superior al necesario para romper unos tablones medio podridos. Uno de los confidentes habituales le había dicho que muchas prostitutas utilizaban el antiguo matadero como picadero, así se ahorraban la habitación. El sitio era cutre, estaba sucio y olía a orines. El inspector no se hacía a la idea de cómo alguien podía realizar allí actos sexuales. Pero, claro, la prostitución de la zona tampoco era de lujo, los clientes no eran precisamente ricos. A veces ni siquiera tenían un trabajo.

Avanzó temiéndose lo peor. Hacía dos días que nadie veía a Laura. Había objetos por todos los lados, algunos inverosímiles. El inspector tuvo cuidado de no pisar ninguna jeringuilla. Después de recorrer la planta baja subió una altura más. Había transcurrido media hora cuando el inspector se topó con un zapato rojo de tacón. Unos minutos después vio un pie desnudo asomando por debajo de una puerta que había en el suelo. La apartó y contempló la espalda desnuda de una mujer. El espectáculo no era agradable. El cuerpo de la chica estaba desnudo y presentaba mordeduras que presuntamente serían de las ratas que habitaban el edificio. Extrajo unos guantes de látex de su bolsillo, se enfundó las manos y dio la vuelta al cuerpo. Las cuencas de los ojos estaban vacías. Por más que se fijó, la chica no presentaba ningún orificio de bala ni de arma blanca. La causa de la muerte estaba más que clara. Después de un leve reconocimiento advirtió que la tráquea de Laura estaba rota. El cabrón que hubiera hecho eso la había apretado el cuello con todas sus fuerzas.

Sacó su cámara digital de alta resolución y realizó algunas fotos. Laura le observaba con la mirada vacía. Y vacía estaba su alma también de sentimientos, única forma de realizar su trabajo sin enloquecer.

Al cabo de quince minutos llamó a la central. Después se sentó en una caja de madera cochambrosa a unos diez metros del cadáver y se encendió un cigarrillo. En breves instantes aquello estaría lleno de pasmas y de forenses, momento en el que él se retiraría a emborracharse, una vez más, en el silencio y en la penumbra del salón de su diminuto apartamento.

1 comentario:

santiago dijo...

interesante muy interesante tu blog.
Un placer leerte